Imagen: Mandarinas de Alejandro Guzmán Jurado

Como todos los miércoles cada quince días, ayer tuvieron una de sus broncas silenciosas.

Estaba ya toda la comida sobre la mesa, cuando él miró distraído hacía el frutero:

- No hay fruta, ni una maldita mandarina. ¿No has comprado?
- Pues...lo siento, no me ha dado tiempo.
-Ya sabes que no puedo pasar sin la fruta...joder...no te ha dado tiempo, no te ha dado tiempo...

Ella miraba como gesticulaba, su cara de enfado, su voz dura, sus brazos agitándose de una manera ridícula mientras colocaba una y otra vez la servilleta sobre el mantel...Imaginó un mar de mandarinas y él nadando en su interior (bueno chapoteando que es lo que sabía hacer en realidad). Imaginó también un gran iceberg naranja del que sólo asomaba un puñado de mandarinas (el resto, escondido bajo el silencio).

Con-te-nien-do - en un pulso a la gravedad- sus movimientos, ella cruzó los cubiertos en el plato con la comida intacta, se levantó de la mesa, se colgó el bolso y salió de la casa...su voz y su chapoteo quedaron ahogados tras la puerta.

En veinte minutos estaba de vuelta con cinco kilos de mandarinas, cinco de naranjas, un kilo de plátanos, otro de manzanas, dos kilos de peras y tres chirimoyas. Casi se rompe del peso pero mereció la pena el esfuerzo. Él seguía en la mesa, le colocó todas las bolsas alrededor de la silla. Ella volvió a su sitio, satisfecha, y comenzó a comer...no volvieron a dirigirse la palabra.