Imagen: "Arco y rejas" por Manme

La casa estaba rodeada por un pequeño jardín. En invierno, la tierra mojada; en primavera, el azahar y en verano, los limones y el jazmín.

Cuando abrió la doble puerta acristalada de la entrada, todo estaba vacío. Sólo los huecos recordaban presencias anteriores: el sofá rojo del recibidor, el gran baúl de madera oscura, la alacena antigua del comedor...Recorría todas las
estancias buscando los indicios de un pasado inmediato. Aún quedaba rastro del olor a natillas en la cocina, como a café recién molido en el comedor, a leña quemada en el salón, a medicinas en el despacho…

La luz entraba de la misma manera que siempre y abrió su ventana favorita, la que enmarcaba el gran limonero…allí estaba. Dejó que entrara la brisa con su aroma y se dirigió a la escalera.

Arriba, todas las habitaciones conservaban huellas, ecos de conversaciones y risas, señales inconfundibles de vida: el olor peculiar del dormitorio de Carmen a caramelo de anís; a detergente y jabón el lavadero y a musgo, la azotea. Todo vacío, pero aún latiendo.

No había nada que hacer ya. Con esos aromas almacenados, cerró la puerta con llave, se giró y caminó a pasos cortos hacía la reja mientras le llegaba el olor de sus propias lágrimas.