Imagen: "Ciruelo rojo y blanco" de Ogata Korin

Se encontraron en el viejo embarcadero flanqueado por dos sauces centenarios. Aún estaba transitable aunque las tablas de madera crujían bajo sus pies. Ella llevaba su boina marrón, se miraron en silencio, después bajaron los ojos. Entre sus grandes manos, proporcionales a su corpulencia, él apretaba un pequeño recipiente de cerámica blanca. Caminaron hacía el final de la plataforma, quedando justo al borde. En la otra orilla del río, los ciruelos en flor formaban un níveo manto salpicado de rojas pinceladas. El sonido del agua, leve y opaco, permitió que resonara el tintineo de la tapa al abrirse cuando con un gesto firme volcó el contenido. Las cenizas se perdieron como una sutil nube de humo, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera sido, como si nadie les hubiera dado la vida.